VALENTÍA DE LOS JÓVENES.
Nuestro amigo Manuel Molina Martínez nos presenta esta interesante reflexión con un mensaje para todos, especialmente para los jóvenes. Vale la pena leerla.
¡Qué escena! (La curación del paralítico en Mc 2,1-12).
Jesús se encuentra en una casa abarrotada de gente que quiere escucharlo. No cabe ni una persona más. Están todos apretujados y afuera unos y otros se empujan con la ilusión de, al menos, escuchar un poco lo que el Maestro dice; con la ilusión de medio verlo asomándose, brincando, subiéndose a un árbol…
Así las cosas, cuatro jóvenes se suman a esta multitud. Llegan sudorosos, agitados y cansados, pues han cargado por las calles a un hermano, paralítico desde que nació. No sabemos si eran familiares, amigos o simples conocidos de él y, no importa, lo relevante es su firme convicción, su fe recia y segura, de que Jesús tenía el poder divino para curarlo y ellos no se rendirían ante nada ni nadie. Ante nada. No se darían por vencidos. ¡Qué fe y entrega tienen estos jóvenes!
¿Qué hacen?
No se podían acercar a la casa, mucho menos entrar. Pretender lograr que Jesús los escuchara, entre el remolino de tanta gente, era sencillamente imposible. Pero convencerlo de obrar el milagro portentoso de hacer que caminara el que desde su nacimiento estuvo postrado, parecía ya una ingenuidad absurda. “Tontería e imprudencia ridícula de muchachos”, pensarían y afirmarían muchos mayores.
Pues con todo en contra, observaron el panorama y con un arrojo y audacia propios de su edad, sin pena ni miramientos y movidos por una fuerte convicción, se decidieron a lograr su objetivo de ayudar al discapacitado: calcularon el lugar por donde Jesús estaría ubicado dentro de la casa para ¡por el techo, bajarlo frente a Él!
Resueltos, buscaron en qué apoyarse y encontraron seguramente sólo alguna caja de madera, algunos ladrillos gastados, sueltos, de una barda vecina, lienzos, ramas, no mas. Empalmaron todo para lograr un poco el equilibrio. Con mucho esfuerzo y con mucho riesgo, empiezan a subir complicadamente al enfermo, mortificados por no poder hacerlo con más cuidados.
Dos jóvenes lo cargan solos, los otros dos suben al tejado con los lienzos; sostienen un extremo arriba y lanzan el otro; los de abajo amarran del pecho y piernas al atemorizado minusválido para facilitar un poco el subirlo al techo. Muchos curiosos sólo observan, otros se burlan y hacen bromas; algunos más se ofrecen a ayudar movidos por el tesón de los cuatro entusiastas muchachos.
Sofocados por el calor, con más de un raspón y temblorosos por el esfuerzo, logran ese paso importante; ahora, con cuidado pisan las tejas y retiran pieza por pieza; las necesarias a fin de que quepa el paciente.
¿Cómo reacciona Jesús?
El Señor Jesús, al ver lo que estaba ocurriendo arriba, interrumpe su mensaje y contempla emocionado la labor, observa a los protagonistas. Dos de éstos piden a los de adentro les abran un espacio para brincar y, respetuosos, lo hacen. Ya adentro de la casa alzan las manos para recibir al discapacitado. Varias personas más se ofrecen a ayudar.
Tal vez los dueños pensaron reclamar por las afectaciones hechas a su propiedad pero, al ver la razón por la que se hizo, también sintieron admiración ante la generosidad resuelta de los cuatro personajes anónimos.
Ya frente a Jesús, con mucha sencillez, le piden se apiade del hermano paralítico. No pidieron nada para ellos.
Jesús, el Señor, Amigo y Maestro de los jóvenes, conmovido ante tanta nobleza, generosidad, arrojo, ingenio y esfuerzo, se puso de pie con autoridad, tomó del hombro a cada uno de los jóvenes con respeto y aprecio; su mirada vio lo profundo de su corazón juvenil y los llenó de Dios. Luego, dirigiéndose al enfermo le ordeno con amor: “¡Levántate, hermano, camina y puedes irte a tu casa!”.
Los jóvenes presenciaron atónitos el resultado de su esfuerzo. Ellos sembraron amor y fe y cosecharon un milagro histórico. Inspiraron a Jesús para que luego dijera en otro lugar y ante otras personas: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos”, “Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia”, “El reino de los cielos es para aquellos que me vieron con hambre y me dieron de comer, me vieron enfermo y me visitaron”.
¡Qué enseñanza nos dieron estos jóvenes! ¡Sorprendieron, emocionaron y conmovieron al mismísimo Dios hecho hombre! Fe, esperanza, caridad, esfuerzo, tenacidad, creatividad, perseverancia, amor al prójimo. ¡Obras, no palabras! Eso nos enseñó Jesús y los jóvenes intuyeron lo que Jesús quiere que hagamos. Hay gente necesitada en cada esquina. ¡Hagamos cuanto podamos por el hermano que nos necesita!































































